
Su único hijo, alto, esbelto, casi afectadamente guapo, vestido con elegancia con una amplia túnica verde, botas altas y cinturón dorado. Luce clavijas en los lóbulos de las orejas y una placa espejo en la frente. Pronto cumplirá los treinta. Sus movimientos son elegantes, pero, cuando está quieto, parece intranquilo. El androide Thor Vigilante está entre el padre y el hijo. Es tan alto como Manuel, y tiene la misma constitución poderosa que el mayor de los Krug. Su rostro es el de un androide normal clase alfa, con fina nariz caucasiana, labios delgados, barbilla fuerte y pómulos agudos: un rostro idealizado, un rostro de plástico. Pero, desde su interior, ha impreso una sorprendente individualidad en ese rostro. Nadie que vea a Thor Vigilante le confundirá la próxima vez con algún otro androide. Un cierto fruncimiento de cejas, una cierta tensión de los labios, un cierto encorvamiento de los hombros, le delatan como androide fuerte y tenaz. Lleva puesto un chaleco de encaje calado; no le afecta el frío mordiente del emplazamiento, y su piel, la piel color rojo oscuro ligeramente cérea de un androide, queda al descubierto en muchos puntos.
Hay otras siete personas en el grupo que ha salido del transmat. Son:
Clissa, la esposa de Manuel Krug.
Quenelle, una mujer más joven que Manuel, la actual compañera de su padre.
Leon Spaulding, secretario privado de Krug, un ectógeno.
Niccolo Vargas, en cuyo observatorio de la Antártida se detectaron las primeras y débiles señales procedentes de una civilización extrasolar.
Justin Maledetto, el arquitecto de la torre de Krug.
El senador por Wyoming, Henry Fearon, un líder eliminacionista.
Thomas Buckleman, del grupo bancario Chase/Krug.
—¡Todos a las grúas! —brama Krug—. Aquí…, aquí… tú…, tú…, ¡vamos arriba!
—¿Qué altura tendrá cuando esté acabada? —pregunta Quenelle.
—Mil quinientos metros —responde Krug—. Una gigantesca torre de cristal, llena de maquinaria que nadie entiende. Y luego la encenderemos. Y después hablaremos con las estrellas.