Al norte del emplazamiento hay un grupo de edificios para usos variados. Al sur se encuentra la hilera de cubículos transmat que une esta remota región con el mundo civilizado. Constantemente, personas y androides entran y salen de los transmats, que llegan desde Nueva York, Nairobi o Novosibirsk, y parten hacia Sidney, San Francisco o Shanghai.

Krug en persona visita invariablemente el emplazamiento por lo menos una vez al día, solo, o con su hijo Manuel, con alguna de sus mujeres, o bien con algún colega industrial. Suele charlar con Thor Vigilante, su capataz androide; guía una grúa hasta la cima de la torre y echa un vistazo al interior; examina el progreso en el laboratorio del rayo de taquiones y habla con algunos de los trabajadores, para animarlos en su trabajo. Por lo general, Krug no pasa más de quince minutos en la torre. Luego vuelve al transmat, que le transporta instantáneamente a los asuntos que le aguarden en otro lugar.

Hoy ha traído a un grupo considerable, para celebrar que la torre ha alcanzado una altura de cien metros. Krug está de pie cerca de lo que será la entrada oeste de la torre. Es un hombre recio, de sesenta años, muy bronceado, con pecho ancho, piernas cortas, ojos juntos muy brillantes y nariz rota. Le rodea un fuerte aura de campesino. Su desprecio hacia todos los arreglos cosméticos del cuerpo se trasluce en sus facciones recias, sus cejas espesas y su escaso cabello: está prácticamente calvo, y no hace nada para evitarlo. Las pecas se dejan ver entre los mechones negros que cruzan su cuero cabelludo. Es fisionable por valor de muchos millones de dólares, pero viste con sencillez y no lleva joyas. Sólo la infinita autoridad de su porte y expresión indican la extensión de su riqueza.

Cerca está su hijo y heredero, Manuel.



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