
Desde la enorme base octogonal de la torre surgen anchas bandas trenzadas de refrigeración, enterradas cincuenta centímetros en la alfombra helada de tierra, raíces, musgo y líquenes que es la tundra. Las trenzas se extienden muchos kilómetros en cada dirección. Sus células difusoras de helio-II absorben el calor generado por los androides y los vehículos utilizados para la construcción de la torre. De no ser por las trenzas, la tundra quedaría transformada en un lago de barro. Los cajones neumáticos que dan base a la colosal torre perderían su asidero, y el gran edificio se tambalearía y derrumbaría como un titán caído. Las trenzas mantienen la tundra congelada, capaz de soportar la inmensa carga que le impone Simeon Krug.
Alrededor de la torre se agrupan otros edificios, en un radio de mil metros. Al oeste del emplazamiento se encuentra el centro principal de control. Al este está el laboratorio donde tiene lugar la fabricación del equipo de comunicaciones, basado en las ultraondas de un rayo de taquiones: una pequeña cúpula rosada, en la que suele haber diez o doce técnicos ensamblando pacientemente los instrumentos con los que Krug espera enviar mensajes a las estrellas.
