
La flecha roja de una alarma atravesó su consciencia.
Accidente de construcción. Sangre de androide vertiéndose sobre el suelo helado.
Un giro de su mente le proporcionó un enfoque cercano. Había fallado una grúa en la cara norte y un bloque de cristal había caído desde el nivel situado a noventa metros. Yacía ligeramente inclinado, con un extremo enterrado cosa de un metro en el suelo, y el otro algo elevado sobre la superficie. Una fisura corría como una línea de hielo por su claro interior. Unas piernas sobresalían por el lado más cercano a la torre. A pocos metros, yacía un androide herido, retorciéndose desesperadamente. Tres escarabajos elevadores corrían ya hacia el lugar del accidente; un cuarto había llegado, y tenía sus púas de acero bajo el enorme bloque.
Vigilante se desconectó, temblando en un primer momento a causa del dolor que le produjo la separación del flujo de datos Sobre su cabeza, un muro pantalla mostraba claramente el accidente. Clissa Krug se había dado la vuelta, y apoyaba la cabeza contra el pecho de su marido. Manuel parecía asqueado; su padre, irritado. Los demás visitantes parecían más asombrados que conmovidos. Vigilante se descubrió a sí mismo escudriñando el rostro frío de Leon Spaulding. Spaulding era un hombre pequeño, recio, todo menos descarnado. En la curiosa claridad de su conmoción, Vigilante fue consciente de la separación entre las hebras del rígido bigote negro del ectógeno.
—Un fallo de coordinación —dijo Vigilante con sequedad—. Al parecer, la computadora interpretó erróneamente una función de tensión, y dejó caer un bloque.
