
—Tú estabas sobrecargando la computadora en ese momento, ¿no?—preguntó Spaulding—. A cada uno, sus culpas.
El androide no pensaba entrar en ese juego.
—Discúlpenme —dijo—. Ha habido heridos, y seguramente muertos. Tengo que irme.
Se apresuró hacia la puerta.
—…descuido imperdonable… —murmuraba Spaulding.
Vigllante salió. Mientras corría hacia el lugar del accidente, empezó a rezar.
5
—Nueva York —dijo Krug—. Al despacho superior.
Spaulding y él entraron en el cubículo. El suave brillo verde del campo transmat ascendió por la abertura del suelo, formando una cortina que dividió en dos el cubículo. El ectógeno fijó las coordenadas. Los generadores de energía ocultos del transmat, girando incesantemente sobre sus polos en algún lugar bajo el Atlántico, condensaban la fuerza theta que hacía posible el viaje transmat. Krug no se molestó en comprobar las coordenadas fijadas por Spaulding. Confiaba en su personal. Una mínima distorsión en la abscisa, y los átomos de Krug se dispersarían sin remedio al viento frío; pero entró sin titubear en el brillo verde.
No hubo ninguna sensación. Krug fue destruido. Un rayo de ondículas marcadas recorrió varios miles de kilómetros, hasta un receptor sintonizado. Y Krug fue reconstruido. El campo transmat dividía el cuerpo humano en unidades subatómicas tan rápidamente, que ningún sistema neural podía registrar el dolor; y la restauración a la vida llegaba con la misma velocidad. Entero e ileso, Krug emergió, todavía con Spaulding al lado, en el cubículo transmat de su despacho.
—Encárgate de Quenelle —dijo Krug—. Llegará al piso de abajo. Entreténla. No quiero que se me moleste al menos durante una hora.
Spaulding salió, Krug cerró los ojos.
