Se acomodó en el asiento de enlace. Al meter la punta roma del terminal de la computadora en el conector hembra de su antebrazo izquierdo, el androide vio cómo el labio superior de Leon Spaulding se fruncía en una mueca de… ¿de qué? ¿Desprecio, envidia, superioridad desdeñosa? Pese a todo su conocimiento de los humanos, Vigilante no podía leer con precisión aquellas miradas sombrías. Pero entonces se estableció el contacto, y los impulsos del ordenador fluyeron por el interface de su cerebro, y se olvidó de Spaulding.

Era como tener un millar de ojos. Vio todo lo que sucedía en el emplazamiento, y en muchos kilómetros en torno al emplazamiento. Estaba en comunión absoluta con la computadora, utilizaba todos sus sensores, analizadores y terminales. ¿Por qué pasar por la tediosa rutina de hablar a una computadora, cuando era posible diseñar un androide capaz de ser parte de ella?

El torrente de datos conllevaba una corriente de éxtasis.

Planos de mantenimiento. Síntesis del desarrollo del trabajo. Sistemas de coordinación de las obras. Niveles de refrigeración. Decisiones sobre el nivel de energía. La torre era un tapiz de infinitos detalles, y él era el maestro tejedor. Todo pasaba a través de él, aprobaba, rechazaba, alteraba, cancelaba. ¿Era parecido a aquello el efecto del sexo? ¿Ese cosquilleo vivaz en cada nervio, la sensación de estar expandido hasta los propios límites, de absorber una avalancha de estímulos? Vigilante habría dado cualquier cosa por saberlo. Elevó y bajó grúas, solicitó los bloques para la semana siguiente, pidió filamentos para los hombres del rayo de taquiones, planeó las comidas del día siguiente, calculó constantemente la estabilidad de la estructura, transmitió los datos de costes al departamento financiero de Krug, monitorizó la temperatura del suelo a intervalos de cincuenta centímetros hasta dos kilómetros de profundidad, transmitió docenas de mensajes telefónicos por segundo, y se felicitó a sí mismo por la destreza con que lo conseguía todo.



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