
Ahora, al emplazamiento de la construcción para recibir a los visitantes del día.
El androide empezó a fijar las coordenadas del transmat. Detestaba aquellas sesiones diarias. Las visitas demoraban el trabajo, puesto que había que tomar precauciones extraordinarias cuando había seres humanos en el emplazamiento; introducían tensiones especiales e innecesarias, y transmitían la implicación oculta de que su trabajo no era digno de confianza, que había de ser supervisado cada día. Por supuesto, Vigilante era consciente de que la fe de Krug en él era ilimitada. La fe del androide en esa fe le había mantenido espléndidamente, hasta entonces, en la tarea de construir la torre. Sabía que no era la desconfianza, sino la natural emoción humana del orgullo, lo que llevaba a Krug tan a menudo al emplazamiento de la torre.
“Krug me guarde”, pensó Vigilante, y entró en el transmat.
Salió junto a la sombra de la torre. Sus ayudantes le saludaron. Alguien le tendió la lista de los visitantes del día.
—¿Ha llegado ya Krug? —preguntó Vigilante.
—Dentro de cinco minutos —le dijeron.
Y a los cinco minutos Krug salió del transmat, acompañado por sus invitados. A Vigilante no le gustó ver en el grupo a Spaulding, el secretario de Krug. Eran enemigos naturales: sentían mutuamente la antipatía instantánea entre el nacido de la Cuba y el nacido de la botella, el androide y el ectógeno. Además de eso, eran rivales por la supremacía entre los aliados de Krug. Para el androide, Spaulding era un sembrador de sospechas, un minador potencial de su posición, una fuente de venenos. Vigilante le recibió fría, distantemente, pero con educación. Un androide, por importante que fuera, no desairaba a los humanos… y, al menos técnicamente, había que considerar humano a Spaulding.
